
Santa Quitèria es un santuario situado en la cima de una colina cerca de dónde vive la familia de Berta.
El jueves incineraron su pequeño cuerpecito.
El viernes se plantó un olivo en su memoria, en la escuela en la que día a día asistia a clase. Nadie puede imaginar la consternación general de maestras y maestros, monitoras de comedor, padres y madres, y compañeras y compañeros de todas las edades, que la acompañaron a su nueva morada. Sus amigos y amigas le escribieron mensajes y los mandaron al aire metidos en globos. Seguro que antes de levantarse hacia el cielo ya le habían llegado.
Es hermoso saber que habita en el alma de un olivo y que crece en su raiz, en su tronco, en sus ramas y en sus frutos. Asi podemos acariciar su recuerdo con besos del corazón y sonrisas de poesía.
Ayer sábado se ofició una ceremonia en esta iglesia. Entre lágrimas de dolor y suspiros de otoño, hasta los árboles parecen rendirle homenage.
Habló, en Santa Quitèria, en presencia de muchísimas personas, que abarrotaron los escasos bancos y el recinto sagrado, su hermana de 14 años, apenas sin temblarle la voz; habló un maestro en nombre de todas y todos las compañeras y compañeros; habló un amiga de la familia; y habló el señor párroco, al que al final de su locución se le rompió la entereza y lloró.
Quedaron muchas cosas por decir, quedó casi todo por decir.
Sólo nos queda ayudar a pasar el camino a una mujer extraordinaria, Marga, su madre, que el lunes, con toda esa fuerza que tiene en el alma y esa grandeza que tiene en el corazón, va a volver a la escuela en la que trabaja, porqué dice que tiene que estar, además de con su marido y su hija mayor, rodeada de la gente que la quiere como todos los niños y todo el profesorado de todas las escuelas dónde ha estado y está, lo hacemos.
Coge mi mano y camina, Marga. Tu siempre has respondido a mis demandas, yo siempre estoy contigo. Los dioses te guarden.
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