Tengo el bloc poco animado, y además me han echado de las columnas comentaristas de un bloc que se supone demócrata, aunque las personas que comparten sus ideas pueden escribir, si son anónimas mejor, y los demás no.
Pero ahora voy a dedicarme a la lectura de un libro de Woody Allen que se titula Cuentos sin plumas, y que me libera de estas mentalidades tan estrechitas que hay en el pueblo.
Con lo hermosa que es la vida y el saber disfrutarla. Si como dice Hill Gates, la vida no es fácil y hemos de acostumbrarnos a ello, prefiero que me pille con la sonrisa o la carcajada sana a que me agobie con odios absurdos y con silenciados sollozos de lágrimas amargas.
Liberad las mentes de una vez y dejad que algo tan pequeño en comparación con el universo como es un pueblo perdido diminuto en la inmensa faz de la Tierra nos encienda la mala sangre.
Este es un pueblo como millones de otros, en el que las gentes ríen y lloran (prefiero estar en la primera línea de risas) y hay buenas gentes que trabajan, pagan sus facturas y gozan cuando pueden del sol de la tarde o de una noche de estío en los parques ( pocos pero los hay) con un refresco y mejor aún con una cervecita en la mano y unos boquerones en vinagre esperando encima de la mesa.
Como le dijo un amigo a un individuo pobre de espíritu y de cascos ennegrecidos, que se tomaba las cosas demasiado en serio, para nada al fin y al cabo: ¡Sonríe coño!
Pero ahora voy a dedicarme a la lectura de un libro de Woody Allen que se titula Cuentos sin plumas, y que me libera de estas mentalidades tan estrechitas que hay en el pueblo.
Con lo hermosa que es la vida y el saber disfrutarla. Si como dice Hill Gates, la vida no es fácil y hemos de acostumbrarnos a ello, prefiero que me pille con la sonrisa o la carcajada sana a que me agobie con odios absurdos y con silenciados sollozos de lágrimas amargas.
Liberad las mentes de una vez y dejad que algo tan pequeño en comparación con el universo como es un pueblo perdido diminuto en la inmensa faz de la Tierra nos encienda la mala sangre.
Este es un pueblo como millones de otros, en el que las gentes ríen y lloran (prefiero estar en la primera línea de risas) y hay buenas gentes que trabajan, pagan sus facturas y gozan cuando pueden del sol de la tarde o de una noche de estío en los parques ( pocos pero los hay) con un refresco y mejor aún con una cervecita en la mano y unos boquerones en vinagre esperando encima de la mesa.
Como le dijo un amigo a un individuo pobre de espíritu y de cascos ennegrecidos, que se tomaba las cosas demasiado en serio, para nada al fin y al cabo: ¡Sonríe coño!
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