Que más quisiera yo que poder enseñarte algo, amigo mío.
La fiestas navideñas si que son entrañables y alegres para mi. Con el paso de los años mucha gente se ha ido quedando por el camino, pero otras personas se han incorporado a la lista.
Quedan lejos aquellas escenas en el piso de Barcelona, cuando venian a casa todos los primos y algunas amistades y celebrabamos el Fin de Año a base de canapés, minibocatas y cava. O las veladas de Noche Buena en casa de mi tía Maruja a las que acudían personajes de la vida televisiva y periodística de actualidad. Y las cabalgatas en casa de mi tía Emilia, cuando, copa y polvorón en mano, saliamos al balcón a saludar a Melchor, Gaspar y Baltasar, mientras los pajes subían la escalera y dejaban montones de regalos en el recibidor. ¡Que de ilusiones y de griterío, que de risas!
Actualmente lo pasamos en grande en casa de mis primos. La Noche Buena recogiendo los presentes que nos caga el Tió, entre villancicos y algarabía, junto al la lumbre del hogar. .El sábado por la tarde iremos la familia en peso a ver Els Pastorets al teatro. La Noche Vieja en casa, en la más estricta intimidad, mientras los más animados se van de fiesta a un cotillón. Y los Reyes con la cabalgata en el pueblo, que es preciosa, y cena conjunta hasta la hora de poner los zapatos en el balcón y acostarnos para esperar la llegada de los Magos.
Cambia el paisaje hogareño y cambia el humano, y la vida sigue en diferentes escenarios, con otro repertorio y las bambalinas renovadas. El secreto consiste en hacer que los recuerdos sean gratos para acompañar la ilusión del presente.
Toma lo que hay y elabora con ello un plato que te guste saborear. Así es la vida.
Gracias a todos y todas os y las que estáis ahí.
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