Se me están quemando las tostadas y así no me concentro. Y tengo hambre, caramba.
Hago un reseso, como el juez de las películas de Perry Maison, y llego al rato con la panza llena, miro el escrito y justifico el texto. La vida se ve mejor cuando se está alimentado. El ánimo vive mejor dentro del pecho, el corazón se agranda y llega la sonrisa, que no etrusca, pero si interior del bienestar.
Mi madre se ducha. Hay un silencio dentro de la casa que es muy poco habitual. No creo que dure mucho. En cuanto me descuide tiene la televisión puesta en un punto de volumen que se hace audible en Pepinyan. Esto se adereza con la música de Linkin Parc desde los cascos, que suena de fondo, sin que le estalle la cabeza al muchacho, que mira que tiene los tímpanos a prueba de bombas, que acompañan como mosca cojonera de zumbidos incesantes a los altavoces televisivos que atruenan a toda caña. Hay días que creo enloquecer.
Lo dicho, no me libro, ya va mando en ristre a por ello. Iré a buscar los cascos yo y tendré que aislarme mientras escribo
Mi hijo pequeño se ha ido a jugar a balón cesto. Le ha dado fuerte con los ‘entre_nos’ y los ‘entre_sus’, en los que pone gran empeño, aunque en lo que más se ha empeñado es en pillar un constipado más grande que el que ya lleva. Lo hace bien, sale a la calle poco abrigado, corre, suda y vuelve a salir a la calle sudado como un pollo después de estar bajo la lluvia torrencial media hora y con los luengos pelos mojados. Lo sabe hacer muy bien y casi siempre consigue constiparse más. A ello sigue mi cabreo sumo y mis protestas, y sus aspirinas y mis amenazas de atarle en la pata de la cama con zapata quebrá. Sin embargo, es un artista recordándome que su cama no tiene patas para que lo ate demasiado rato y se sale con la suya. Yo me empeño en explicarle para hacerle razonar y más que hacerle razonar parece que rebuzno: que si hace frío, que si luego sudas, que los pelos luengos, que si pitos, que si flautas … ¡Ay! Hay una abismo entre las dos formas de ver las cosas. Hay un abismo de 40 años de por medio. Y eso que me gusta la misma música que a él. Y eso que soy abierta de miras y de entendederas. Aún así soy la madre y él es el hijo, un ancho congosto insondable que no salva ni la parte de adolescente que quedó arraigado en mi alma.