Hay una parte de mí, que se quedo anclada en algún punto limítrofe entre la primera etapa y la última de la adolescencia. No sé en que fracción de segundo. Siquiera sé si fue un fracción de segundo o una fracción de semana o una franja eterna de aquellos años. Hay otra parte de mi que sigue residiendo en la infancia. En ese tiempo sin prisas y de alto desconcierto en que percibes las cosas, intentas entenderlas y a cada recoveco te engendran más dudas que preguntas y más desatinos que respuestas. Cabe la posibilidad, ahí ya va una gran y tenebrosa ‘irrespuesta’, bonito palabro, de que haya algo de mi en una vejez que aún no he saboreado y no albergo en la memoria.
Debo la irracionalidad de mis pensares a una in tempestuosa diatriba ancestral que nos apremia a entender el concepto imparable del destiempo. Esa brisa doblada del no ser, esa incertidumbre ácrata, que todos compartimos y que nadie alcanza resolver. Misterios, les llaman. Misterios que escapan a las entendederas de cualquier sabio, de cualquier necio, de cualquier duende de los bosques. Tan metidos estos últimos en hacer cosas absurdas que nos despiertan la curiosidad bien sana.
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