De los 52 años que cumplí hace ya algunos meses, más de la mitad los viví en la calle Mallorca, junto a la plaza más antigua de la Sagrada Familia. Desde el balcón del piso que teníamos alquilado, he pasado años enteros viendo pasar vehículos a todas horas apostada detrás de los cristales o con la cara entre los barrotes de la forja de hierro de las barandillas, que tenían un dibujo espiral que repasaba una y otra vez sin cansarme con el dedo índice.
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Son tantas cosas las que evoco al volver la vista atrás. La gran nevada de Barcelona, la despedida de los tranvías, el paso alocado del París Dakar, la celebración abanderada de la copa de la UEFA, las ferias de las fiestas navideñas y del domingo de ramos. La escuela del templo, el parvulario Gaudí, que me acogió hasta los 10 años, con aquel mágico rincón del patio desde dónde veíamos trabajar a los picapedreros. Mis amigas y amigos de clase. La algarabía, las confidencias y las complicidades infantiles. Los juegos en los columpios, y el patinaje en la pista de la plaza.
Son tantas cosas las que evoco al volver la vista atrás. La gran nevada de Barcelona, la despedida de los tranvías, el paso alocado del París Dakar, la celebración abanderada de la copa de la UEFA, las ferias de las fiestas navideñas y del domingo de ramos. La escuela del templo, el parvulario Gaudí, que me acogió hasta los 10 años, con aquel mágico rincón del patio desde dónde veíamos trabajar a los picapedreros. Mis amigas y amigos de clase. La algarabía, las confidencias y las complicidades infantiles. Los juegos en los columpios, y el patinaje en la pista de la plaza.
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La señorita Manolita, una gran señora solitaria, tan alta, tan delgada, con el cabello tan gris y tan rizado, que me producía un embrujo indescriptible, y que fue la persona que despertó en mí la vocación de maestra.
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La cripta de la Sagrada Familia, que tiene la peculiaridad de ser circular, en la que asistí a misa llevada por mi madre durante mis primeros años de vida y en la que hice la primera comunión. Las peñas de japoneses, franceses, alemanes, chinos, rusos o ingleses mirando hacia el cielo con la boca abierta de par en par. Las torres, que de cuatro se duplicaron en ocho, y alas que vi crecer ymultiplicarse tan lentamente, que más bien parecía que no alcanzarían jamás las nubes.
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Regresar a casa, después de ir de vinos con los compañeros de clase, caminando por debajo de la hilera de árboles del paseo con el asa de la funda de la guitarra en una mano, y la otra, con mucho cariño, en la de mi amor de los 18 años, Antonio, diciéndome ‘cántame algo’, que ha resultado ser el primero y en realidad el único hasta hoy, y que fue enterrado en tierras del norte de Italia hace ya casi 25 años, a causa de una accidente de tráfico. Lo cierto era que con su historial de imprudencias no me causó extrañeza el hecho de su muerte ni el del motivo, aunque si una tristeza que aun hoy no he superado..
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Regresar a casa, después de ir de vinos con los compañeros de clase, caminando por debajo de la hilera de árboles del paseo con el asa de la funda de la guitarra en una mano, y la otra, con mucho cariño, en la de mi amor de los 18 años, Antonio, diciéndome ‘cántame algo’, que ha resultado ser el primero y en realidad el único hasta hoy, y que fue enterrado en tierras del norte de Italia hace ya casi 25 años, a causa de una accidente de tráfico. Lo cierto era que con su historial de imprudencias no me causó extrañeza el hecho de su muerte ni el del motivo, aunque si una tristeza que aun hoy no he superado..
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La academia de la avenida en la que estudié COU. Las pastelerías del barrio en las que me compraba los búlgaros a las horas que librábamos clases. Los bares de tapas a las que íbamos a tomar cervezas y a comer una sangre con cebolla que quitaba el sentido.
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El mercado de abastos al que iba con mi prima Mari Carmen a comprar con la lista, el carro de la compra y una sonrisa en la boca. Era todo una gozada, sobretodo en Navidad, con la música de los villancicos y las luces alegraban los primeros fríos del invierno y auguraban grandes fiestas y regalos en compañía de los seres más queridos y de las mejores de nuestras amistades.
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El último banco del andén del metro en el que Antonio se hacía todas las mañanas el encontradizo para ir hasta la biblioteca de Catalunya, vía Ramblas y calle Carmen, y de vuelta cruzando por el mercado de la Boquería, denominado de San José. Creo que esos desplazamientos eran solo una excusa para encontrarnos y pasear, sin embargo, aprendimos muchas cosas el uno del otro.
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He sido y soy rica en cariño y en vivencias. Yo no sería la misma que soy sin todo ese marco incomparable en el que crecí y sin la familia maravillosa que me crió: mis abuelos, mis tios, mis padres, mis primos y amistades entrañables. Unos de mi casa y otros de otras casas de otras calles de la ciudad y de otras ciudades.
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Ahora, a pesar de esa educación tan religiosa que recibí en casa por mi madre, soy muy escéptica a la idea de los mitos y las divinidades, pues los elaboro a mi manera, y vivo fuera de la ciudad, a la que sólo acudo para pasear y comprar, que no es moco de pavo.
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Cuando entró en Barcelona en coche, lo hago por la calle Mallorca, cruzando de la avenida Meridiana hasta Vía Layetana, -si ya se que se llama Pau Clarís, ¿y qué?, a mi me gusta el otro nombre- por dónde desciendo hasta la plaza de la Catedral para aparcar.
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Cuando entró en Barcelona en coche, lo hago por la calle Mallorca, cruzando de la avenida Meridiana hasta Vía Layetana, -si ya se que se llama Pau Clarís, ¿y qué?, a mi me gusta el otro nombre- por dónde desciendo hasta la plaza de la Catedral para aparcar.
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Ahora por debajo de ese asfalto que tanto pisé y piso, se hará el túnel que albergará las vías del AVE. Ahora pasaré por debajo. Hablan de ese lugar tan largo y tan mío, y recuerdo con placer tantas y tantas cosas.
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¿Qué tendrá esta calle que encandila mis vivencias, recuerdos y emociones?
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Será que todos los veranos pasé una buena parte de las vacaciones en Mallorca; la calle, claro. Mi casa, claro.
Será que todos los veranos pasé una buena parte de las vacaciones en Mallorca; la calle, claro. Mi casa, claro.
5 comentarios:
Tu post merece ser correspondido en otro post... que no puedo hacer ahora, pero que llegará, no lo dudes. Bon dia, amiga... y repito ¡Viva la buena cosecha del 53!
un petó blau
Yo también brindo por la cosecha del 53. Y por este post que me ha dejado en ese punto intermedio entre la sonrisa y la lágrima y que algunos llaman nostalgia. Yo tambén viví en Mallorca. En la calle, claro. Junto a Calabria. Cuando los coches iban hacia tu casa.
Gracias por este escrio. Me ha situado en un punto a medio camino entre la sonisa y la lágrima. Eso que algunos llaman nostalgia. Yo viví junto a Mallorca. La calle.
Gracias, Montse, pero no te estreses, ¿eh? Tu a tu aire. Gracias Manuel. Me ha chocado mucho encontrar a un vecino de calle y de playa. Cuando era pequeña íbamos a las calas de Sant Andreu de Llaveneres a bañarnos.
Pero esa es otra parte de mi pequeña historia.
Manuel, ¿puedo poner el enlace de tu nueva casa en mi blog? Me gustan muchísimo tus 'palabros', me hacen reir a carcajadas.
Un beso a los dos.
Rosa maria, hoy he preferido hablar de mi nostalgia en mi propio blog (es cortito)... ya lo leerás. Pero me queda pendiente hablar del carrer Mallorca, jejeje, al final seremos todos vecinos. Els meus tiets tenien un apartament a Llavaneres, també (buf buf) aun resultará que habremos jugado los tres a "pilla pilla"
Bona nit!!
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